El síndrome del impostor

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Jessica Davó García

Has revisado el informe cinco veces antes de enviarlo. Te han felicitado por el proyecto delante de todo el equipo y, en vez de disfrutarlo, ya estás calculando cuánto tiempo falta para que alguien se dé cuenta de que en realidad no tienes ni idea. Si esa voz te resulta familiar, no estás rota ni eres una farsante: le pasa a mucha más gente de la que imaginas, y tiene un nombre concreto.

El síndrome del impostor no aparece porque te falte preparación ni talento. Aparece justo después de conseguir algo, cuando tu cabeza se resiste a creerse que ese logro es tuyo de verdad. Vamos a ver de dónde sale esa sensación y qué puedes hacer para que deje de decidir por ti.

Jessica Davo García

Jessica Davo García

Psicóloga Sanitaria Especialista en Infantil y Neurodesarrollo.

Esa sensación de fraude tiene nombre (y no eres la única)

La psicóloga Pauline Clance y su colega Suzanne Imes pusieron nombre a esto en 1978, tras estudiar a más de 150 mujeres de alto rendimiento —profesoras universitarias, profesionales reconocidas, estudiantes brillantes— que, pese a sus méritos objetivos, seguían convencidas de estar engañando a todo el mundo. En su estudio original lo llamaron «fenómeno del impostor», no síndrome, porque no lo entendían como un trastorno clínico sino como una experiencia psicológica muy extendida entre personas que sí habían demostrado su valía.

Esa investigación encontró algo que quizá te suene: quienes lo viven no logran interiorizar sus propios éxitos. Por muchos diplomas, ascensos o reconocimientos que acumulen, siguen atribuyéndolos a la suerte, a haberle caído bien a alguien o a que «todavía no los han pillado». El miedo de fondo es siempre el mismo: que en cualquier momento se descubra la verdad sobre lo poco capaces que creen ser.

No es (solo) cosa de mujeres con éxito

El estudio de 1978 se centró en mujeres porque ellas fueron las primeras en hablarle de esto a Clance, tanto sus alumnas como sus propias pacientes. Con los años, la propia Clance, junto al investigador Gail Matthews y después con Joe O’Toole, volvió sobre el tema y encontró que los hombres experimentan este fenómeno con una frecuencia parecida, aunque muchos aprenden a esconderlo mejor.

Si eres hombre y sientes que esto «es cosa de mujeres» y por eso no encaja con lo que te pasa, no te fíes de esa idea. El fraude que sientes ser no entiende de género, y callarlo por vergüenza solo alarga la sensación de estar solo en esto.

Por qué tu cabeza no se cree tus propios logros

Clance e Imes señalaron que ciertas dinámicas familiares tempranas, junto con la interiorización de expectativas sociales muy rígidas sobre cómo debe comportarse una persona «válida», influyen directamente en que esta sensación se instale. No es casualidad ni debilidad de carácter: tiene raíces que se pueden rastrear.

La educación que premiaba el resultado, no el esfuerzo

Si creciste en una familia donde el cariño o la aprobación llegaban sobre todo cuando sacabas la mejor nota, cuando ganabas o cuando destacabas por encima de otros, es posible que hayas aprendido a medir tu valor exclusivamente por lo que logras, nunca por quién eres. Esa base hace que cualquier éxito se sienta frágil, como si pudiera desaparecer en cuanto bajes el ritmo un momento.

El perfeccionismo que se disfraza de exigencia sana

Ponerte el listón alto puede parecer responsabilidad. El problema llega cuando ningún resultado te parece suficiente y cada pequeño error deja de ser algo humano para convertirse, en tu cabeza, en la prueba definitiva de que no vales para esto. Ese ciclo de autocrítica constante desgasta, y a la larga te puede dejar sin energía para disfrutar de lo que sí consigues.

Los cinco disfraces del impostor: ¿con cuál te identificas?

Años después del estudio de Clance e Imes, la investigadora Valerie Young observó que esta sensación no se manifiesta igual en todo el mundo y describió cinco perfiles que te pueden ayudar a reconocerte:

  • La persona perfeccionista: se marca metas casi imposibles y, cuando no llega al cien por cien, lo vive como un fracaso propio, no como parte normal de cualquier proceso.
  • La experta: siente que debería saberlo absolutamente todo antes de hablar o actuar, y cualquier duda puntual se traduce en vergüenza.
  • El genio natural: da por hecho que si algo le cuesta esfuerzo o tiempo, es porque no tiene madera para ello.
  • La persona solista: pedir ayuda le resulta casi humillante, como si reconocer que necesita apoyo confirmara que no está a la altura.
  • La superhumana: cree que tiene que rendir más que nadie a su alrededor para «compensar» una falta de valía que en realidad no existe.

Quizá te reconozcas en uno solo o en una mezcla de varios. Ponerle forma a tu propio patrón ya es un paso para dejar de sentirte simplemente «rara» o «insuficiente» sin más explicación.

Señales que llevas tiempo normalizando sin darte cuenta

El síndrome del impostor rara vez se presenta como un pensamiento aislado. Suele instalarse poco a poco, camuflado entre hábitos que parecen solo «tu forma de ser»:

  • Restas importancia a tus logros con un «tuve suerte» o «cualquiera lo habría hecho igual».
  • Te cuesta recibir un cumplido sin quitarle valor de inmediato.
  • Te preparas muchísimo más de lo necesario para «compensar» una incompetencia que nadie más ve.
  • Comparas constantemente tu backstage con la actuación pública de los demás.
  • Postergas tareas importantes por miedo a que el resultado no esté a la altura.
  • Necesitas que alguien más te confirme que lo has hecho bien para poder creértelo, aunque sea a medias.

Si te reconoces en varias de estas señales, no significa que algo funcione mal en ti. Significa que llevas tiempo cargando con una narrativa que nunca elegiste y que sí puedes empezar a cambiar.

Cómo aflojar el nudo, paso a paso

Dile su nombre en voz alta

Contarle a alguien de confianza que te sientes como una fraude, aunque suene contradictorio, suele ser el primer alivio real. Descubrir que otra persona a la que admiras ha sentido exactamente lo mismo desmonta buena parte de la vergüenza que lo acompaña.

Guarda la prueba de lo que sí has conseguido

Tu memoria, cuando se trata de esto, es selectiva: recuerda con detalle cada fallo y olvida con facilidad cada acierto. Anotar en algún sitio los comentarios positivos, los objetivos cumplidos o los momentos en los que confiaron en ti te da algo concreto a lo que volver cuando la duda aprieta más fuerte.

Aprende a poner límites sin cargar con la culpa

Decir que no a una tarea más, pedir ayuda o admitir que algo se te escapa no te hace menos capaz. Conocer y ejercer tus derechos asertivos te da permiso para dejar de demostrar constantemente tu valía a costa de tu propio descanso.

Cuándo merece la pena pedir apoyo profesional

Si esta sensación lleva años ahí y ya te está costando disfrutar de lo que consigues, buscar ayuda no es rendirte: es cuidarte. La terapia cognitivo-conductual trabaja precisamente con esos pensamientos automáticos que te repiten que no eres suficiente, ayudándote a contrastarlos con la realidad. Dar el paso de acudir a tu primera visita al psicólogo puede ser justo el punto de partida que necesitas para dejar de cargar esto en soledad.

Cuando la sensación de fraude deriva en ansiedad

Vivir en alerta constante, revisando cada detalle por miedo a que se note que «no encajas», tiene un coste físico y emocional real. No es raro que el síndrome del impostor termine mezclado con ansiedad, tensión o agotamiento, porque el cuerpo no distingue bien entre una amenaza real y una amenaza que solo existe en tu cabeza. Aprender a gestionar el estrés te puede ayudar a bajar esa alerta constante mientras trabajas la raíz del problema con calma.

Este contenido es informativo y no sustituye el diagnóstico ni el consejo de un profesional sanitario.

La próxima vez que consigas algo y esa voz interior insista en que no te lo mereces, prueba a hacer una pausa antes de creértela sin más. Ese logro es tuyo, con nombre y apellidos, y mereces quedarte a disfrutarlo un poco más de lo que te permites hasta ahora.

✍️ Sobre la autora
Jessica Davó García — Psicóloga Sanitaria Colegiada CV-16748.
Especialista en psicología infantil, TDAH, autismo, síndromes del neurodesarrollo y sueño pediátrico.
Sesiones online desde Alicante para toda España.
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Preguntas frecuentes sobre el síndrome del impostor

¿El síndrome del impostor es una enfermedad mental?

No. Los principales manuales diagnósticos, el DSM-5 y la CIE-11, no lo recogen como un trastorno: se estudia como un patrón de pensamiento que puede convivir con ansiedad o baja autoestima. Eso no significa que debas restarle importancia si te está quitando el sueño.

Un psicólogo puede ayudarte a distinguir si se trata de autoexigencia o si conviene valorarlo junto a otro profesional; en nuestro artículo sobre la diferencia entre psicólogo y psiquiatra te contamos cuándo acudir a cada uno.

¿Por qué el síndrome del impostor afecta más a las mujeres?

Pauline Clance y Suzanne Imes describieron el fenómeno en 1978 tras estudiar a un grupo de mujeres de alto rendimiento que dudaban de su propia valía pese a sus logros evidentes. El blog del Colegio Oficial de la Psicología de Madrid relaciona esta tendencia con el llamado «efecto Venus», por el que las mujeres infravaloran sistemáticamente su propio desempeño.

Detrás suelen estar estereotipos de género interiorizados y la sensación de tener que demostrar el doble para ocupar el mismo espacio; lo desarrollamos en nuestro artículo sobre la perspectiva de interseccionalidad en terapia.

¿Qué relación hay entre el perfeccionismo y el síndrome del impostor?

El perfeccionismo alimenta el síndrome del impostor porque convierte cualquier error, por pequeño que sea, en la «prueba» de que no estás a la altura, y eso te empuja a exigirte todavía más sin sentirte nunca suficiente.

Ese ciclo se parece bastante a lo que ocurre en la indefensión aprendida, donde la persona deja de intentarlo porque cree que nada de lo que haga cambiará el resultado.

¿Puede el síndrome del impostor derivar en ansiedad o depresión?

Sí, si se mantiene en el tiempo. Una revisión sistemática publicada en el Journal of General Internal Medicine (Bravata et al., 2020), con datos de más de 14.000 personas, asocia esta vivencia con mayor ansiedad, agotamiento emocional y menor satisfacción profesional.

Aprender a gestionar el estrés del día a día ayuda a frenar esa escalada antes de que se cronifique; en nuestra guía sobre cómo gestionar el estrés encontrarás pautas para empezar.

¿Cuándo conviene pedir ayuda psicológica por el síndrome del impostor?

Si evitas ascensos, proyectos o decisiones por miedo a que «descubran» que no vales, o si ese malestar te acompaña casi a diario, es el momento de pedir ayuda, no de esperar a tocar fondo.

La terapia online puede ser un buen punto de partida si te cuesta encontrar hueco o te da vértigo dar el primer paso; te lo contamos en nuestro artículo sobre si funciona la terapia psicológica online.

¿Qué terapias ayudan a superar el síndrome del impostor?

La terapia cognitivo conductual es una de las más utilizadas porque te enseña a identificar esos pensamientos automáticos de «no soy suficiente» y a contrastarlos con evidencias reales de tus logros.

Si quieres saber cómo funciona paso a paso, en nuestro artículo sobre la terapia cognitivo conductual te explicamos en qué consiste y cómo puede ayudarte.

Este contenido es informativo y no sustituye el diagnóstico ni el consejo de un profesional sanitario.

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