Conoce la Teoría del etiquetado: Qué es, tipos y víctimas

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Jessica Davó García

Puede que hayas llegado hasta aquí porque en clase de psicología o criminología mencionaron la teoría del etiquetado y te quedaste con la sensación de haber entendido solo la mitad. O puede que el motivo sea más personal: te has dado cuenta de que en casa o en el colegio llevas tiempo llamando a alguien «el conflictivo», «la llorona» o «el vago», y ahora te preguntas si ese apodo está construyendo justo lo que temes. Sea cual sea tu punto de partida, aquí vas a entender de dónde sale esta teoría, cómo funciona de verdad y por qué te importa aunque no estudies sociología.

Qué explica realmente la teoría del etiquetado

La teoría del etiquetado, conocida también como labeling theory, parte de una idea que resulta incómoda la primera vez que la escuchas: ningún comportamiento es «desviado» por naturaleza. Se convierte en desviado cuando alguien con autoridad para juzgar —un juez, un profesor, un grupo social— decide señalarlo como tal.

Jessica Davo García

Jessica Davo García

Psicóloga Sanitaria Especialista en Infantil y Neurodesarrollo.

Esto significa que la etiqueta no describe únicamente lo que una persona ha hecho, sino que crea una identidad nueva alrededor de ese acto. Cuando a alguien lo llaman «delincuente» o «el problemático de la clase», esa palabra empieza a pesar más que cualquier otra cosa que esa persona haga a partir de entonces.

Por eso esta teoría no pregunta tanto «¿por qué actuó así esta persona?» como «¿por qué la sociedad decidió llamarla de esta manera y no de otra?». Ese giro —mirar hacia quien etiqueta, no solo hacia quien es etiquetado— es lo que convirtió a esta corriente en una de las aportaciones más influyentes de la sociología del siglo pasado.

De dónde viene esta idea: Becker, Lemert y Goffman

El sociólogo estadounidense Howard Becker formuló esta teoría en 1963, en su libro Outsiders, obra que se sigue citando como punto de partida obligado del enfoque. Becker defendía que los grupos sociales crean la desviación al establecer las normas cuya infracción se castiga, y después las aplican etiquetando a personas concretas como marginadas o «outsiders».

Pocos años después, el sociólogo Edwin Lemert afinó la idea distinguiendo dos momentos muy distintos. Llamó desviación primaria al hecho aislado que casi nadie recuerda ni juzga con dureza: un despiste puntual, una norma rota una sola vez, sin más consecuencias.

La desviación secundaria aparece después, cuando la persona ya ha sido etiquetada por su entorno y empieza a verse a sí misma a través de esa etiqueta. Ahí es donde el comportamiento cambia de verdad: no porque la persona sea distinta, sino porque ha empezado a actuar de acuerdo con lo que se espera de ella.

El sociólogo Erving Goffman completó este mapa con su trabajo sobre el estigma, mostrando cómo determinadas etiquetas —una enfermedad, un antecedente penal, una discapacidad— pasan a definir a la persona entera a ojos de los demás, por encima de cualquier otra cualidad suya.

Del acto aislado a la etiqueta que se queda

El proceso que describen Becker y Lemert suele repetir la misma secuencia, aunque cambie el contexto. Primero ocurre un hecho puntual. Después, alguien con cierta autoridad —un profesor, un agente, un grupo de amigos— lo interpreta y le pone nombre. Y por último, ese nombre se repite tantas veces que termina formando parte de cómo la persona se presenta ante el mundo, y ante sí misma.

  • El hecho: algo ocurre, sin etiqueta todavía y sin más contexto que el momento en sí.
  • La reacción social: alguien con autoridad decide cómo llamarlo y a quién señalar como responsable.
  • La internalización: la persona empieza a comportarse de acuerdo con esa etiqueta, confirmándola casi sin darse cuenta.

Este último paso es el que más preocupa desde la psicología: cuando alguien interioriza una etiqueta negativa, es habitual que reduzca su propio margen de acción. Deja de intentar cosas nuevas porque «totalmente no va a cambiar nada», y ese abandono se parece mucho a lo que se conoce como indefensión aprendida, un mecanismo psicológico donde la persona deja de intentar salir de una situación aunque tenga los recursos para hacerlo.

Dónde aparecen estas etiquetas en la vida real

La teoría del etiquetado nació estudiando el sistema penal, pero sus mecanismos se repiten en ámbitos que probablemente conoces de cerca.

En el sistema de justicia

Es el terreno donde Becker desarrolló su análisis original. Alguien que cumple una condena y sale con un antecedente penal a cuestas descubre que esa etiqueta condiciona su acceso al empleo y a la vivienda mucho después de haber pagado su deuda, lo que dificulta la reintegración social.

En la salud mental

Un diagnóstico puede ser útil para entender qué le pasa a alguien y acceder a un tratamiento adecuado, pero también puede convertirse en la única lente con la que los demás —e incluso la propia persona— la miran a partir de entonces. Por eso cada vez se insiste más en hablar de «una persona con…» en lugar de reducirla a su etiqueta diagnóstica.

En el aula

Aquí es donde esta teoría conecta de forma más directa con la crianza y la psicología educativa. Un niño al que un profesor o su propia familia empiezan a llamar «el vago» o «el conflictivo» recibe ese mensaje de forma constante, y termina incorporándolo a la idea que tiene de sí mismo, aunque el origen de esa conducta fuera puntual o tuviera una explicación completamente distinta.

Etiquetar a un niño en clase: el efecto que no ves

En 1968, los psicólogos Robert Rosenthal y Lenore Jacobson publicaron un experimento que, sin llamarse «teoría del etiquetado», ilustra un mecanismo muy parecido aplicado a la infancia. Dijeron a un grupo de profesores que ciertos alumnos, elegidos en realidad al azar, iban a destacar ese curso. Meses después, esos niños habían mejorado su rendimiento de verdad, simplemente porque sus profesores esperaban más de ellos y los trataron en consecuencia.

Ese experimento se conoce como efecto Pigmalión, y funciona también al revés: si un profesor —o un padre, o una madre— espera poco de un niño porque ya lo tiene etiquetado como «el que no rinde» o «el problemático», es fácil que le dedique menos paciencia, menos oportunidades y menos margen de error. Y el niño, sin proponérselo, termina confirmando exactamente eso.

La parte esperanzadora es que este mecanismo también se puede usar a favor. Cambiar el lenguaje que usas con un niño —hablar de «está pasando un momento difícil» en vez de «es imposible»— no es ingenuidad, es dejar de alimentar la profecía que no quieres que se cumpla. Si te preocupa cómo estas dinámicas afectan la imagen que tu hijo tiene de sí mismo, en nuestro artículo sobre cómo mejorar la autoestima de un niño encontrarás pautas concretas para trabajarlo desde casa.

Lo que esta teoría no explica (críticas)

La teoría del etiquetado no está exenta de críticas, y conocerlas te da una visión más completa. La principal es que se centra en explicar por qué una conducta se mantiene o se agrava una vez etiquetada, pero dice poco sobre por qué apareció esa conducta en primer lugar.

También se le reprocha cierto determinismo: no todas las personas etiquetadas terminan interiorizando la etiqueta ni repitiendo el comportamiento que se espera de ellas. La familia, los recursos económicos, el apoyo social o la propia personalidad influyen tanto o más que la etiqueta en sí misma, y esta teoría, tomada de forma aislada, no recoge bien esa parte.

Dentro de la psicología social, muchos autores prefieren usarla como una pieza más de un puzle más amplio, combinándola con otros marcos que expliquen tanto el origen de la conducta como su mantenimiento en el tiempo.

Cómo evitar poner (o cargar con) una etiqueta

Saber cómo funciona este mecanismo te da algo muy práctico: la posibilidad de frenarlo antes de que se instale. No se trata de dejar de nombrar comportamientos —a veces hace falta poner límites y decir lo que no funciona—, sino de separar lo que alguien hace de lo que alguien es.

  • Nombra la conducta, no a la persona: «hoy has gritado mucho» pesa mucho menos que «eres un maleducado».
  • Vigila los apodos que se repiten en casa: «el trasto», «la pesada» o «el llorón» acaban convirtiéndose en guiones que la persona termina interpretando.
  • Da espacio para el cambio: recuérdale, y recuérdate a ti también, que un mal día no define toda una identidad.
  • Pide ayuda si la etiqueta ya pesa demasiado: un profesional puede acompañarte a ti o a tu hijo a desmontar esa historia y construir otra más justa.

Si eres tú quien carga con una etiqueta que no elegiste —de la infancia, del colegio, de una etapa difícil—, mereces saber que esa etiqueta describe un momento, no toda tu historia. Se puede reescribir, y no tienes por qué hacerlo sola.

Entender la teoría del etiquetado no cambia el pasado, pero sí cambia cómo miras lo que viene: cada vez que estés a punto de resumir a alguien —a un hijo, a un alumno, a ti misma— en una sola palabra, tienes la opción de elegir otra. Si notas que una etiqueta ya está pesando demasiado en tu casa o en tu aula, cuéntame tu situación y busquemos juntas la manera de aligerarla.

✍️ Sobre la autora
Jessica Davó García — Psicóloga Sanitaria Colegiada CV-16748.
Especialista en psicología infantil, TDAH, autismo, síndromes del neurodesarrollo y sueño pediátrico.
Sesiones online desde Alicante para toda España.
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Preguntas frecuentes sobre la teoría del etiquetado

¿Quién creó la teoría del etiquetado y en qué año?

La teoría del etiquetado no tiene un único autor: nace de las ideas del sociólogo Frank Tannenbaum en 1938, se consolida con Howard Becker en su libro Outsiders (1963) y se completa con la distinción de Edwin Lemert entre desviación primaria y secundaria. Becker resumió su idea central diciendo que son los grupos sociales los que crean la desviación al establecer normas y aplicarlas sobre ciertas personas, etiquetándolas como «outsiders».

Si te interesa el origen social del comportamiento considerado «desviado», en nuestro artículo sobre neurocriminología exploramos otro enfoque que estudia por qué actuamos como actuamos.

¿Cuál es la diferencia entre desviación primaria y desviación secundaria?

La desviación primaria es un comportamiento puntual que no cambia cómo te ves a ti mismo ni cómo te ven los demás: todos rompemos alguna norma sin que eso defina nuestra identidad. La desviación secundaria aparece cuando esa etiqueta se repite tanto que terminas interiorizándola y actuando conforme a ella, según la distinción que planteó el sociólogo Edwin Lemert.

Ese proceso de rendirte a lo que otros dicen de ti tiene mucho en común con la indefensión aprendida, donde una persona deja de intentar cambiar porque cree que nada de lo que haga servirá.

¿Qué es el efecto Pigmalión y qué tiene que ver con el etiquetado?

El efecto Pigmalión, también llamado profecía autocumplida, explica cómo las expectativas que otros depositan en ti terminan influyendo en tu comportamiento real. Los psicólogos Robert Rosenthal y Lenore Jacobson lo demostraron en un experimento de 1968 en una escuela primaria: los alumnos de quienes los profesores esperaban más, acabaron rindiendo más, solo por el trato diferente que recibieron.

Esta misma dinámica ocurre cuando etiquetas a un niño de forma negativa en casa o en el aula; por eso trabajar la autoestima infantil desde edades tempranas ayuda a romper ese círculo.

¿Etiquetar a un niño como «problemático» puede hacer que se comporte peor?

Sí, etiquetar a un niño de forma repetida como «problemático», «vago» o «malo» puede llevarle a comportarse acorde a esa etiqueta, porque la acaba incorporando a su propia identidad. Es lo que en psicología infantil se conoce como profecía autocumplida: si el niño cree que es un problema, actuará como tal.

Por eso, ante conductas difíciles conviene nombrar la conducta y no a la persona («hoy has pegado» en vez de «eres agresivo»); en nuestra guía sobre qué hacer con un niño agresivo encontrarás pautas concretas para actuar sin etiquetar.

¿Es lo mismo el etiquetado que el estigma social?

No exactamente, aunque están muy relacionados. El etiquetado es el proceso social por el que una persona recibe una etiqueta («delincuente», «enfermo»), mientras que el estigma, concepto que desarrolló el sociólogo Erving Goffman en 1963, es la marca negativa que esa etiqueta deja sobre la identidad social del individuo, situándolo como alguien «inferior» ante los demás.

Si quieres entender mejor cómo el grupo influye en la identidad y el comportamiento individual, te recomiendo nuestro artículo sobre psicología social.

¿Se puede revertir el efecto de una etiqueta negativa?

Sí, aunque no es automático: requiere trabajar de forma consciente la narrativa personal y, muchas veces, contar con apoyo profesional. Reescribir tu historia centrándote en tus logros y no en la etiqueta que te pusieron es una de las estrategias más eficaces para dejar de actuar según lo que otros esperaban de ti.

Enfoques como la terapia cognitivo conductual están especialmente indicados para identificar y desmontar esas creencias limitantes que arrastras desde que alguien te puso una etiqueta.

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