Seguro que alguna vez has estado en una comida familiar, en una cena de trabajo o incluso viendo un partido y has escuchado esa frase que se dice con un tono que no admite réplica: «aquí, como en ningún sitio». Puede que te hayas reído por compromiso, que te hayas sentido incómoda o incómodo, o que simplemente hayas pensado «¿de dónde sale esa necesidad de sentirse por encima de los demás?».
Esa actitud tiene nombre desde hace más de un siglo, y la psicología social lleva décadas explicando por qué aparece. Se llama chovinismo, y en este artículo te cuento qué es, de dónde viene la palabra, cómo se reconoce en el día a día y qué puedes hacer cuando la tienes cerca, sin entrar en debates políticos ni señalar a nadie en concreto.
Jessica Davo García
Psicóloga Sanitaria Especialista en Infantil y Neurodesarrollo.
Qué es el chovinismo según la psicología social
La Real Academia Española define el chovinismo como la «exaltación desmesurada de lo nacional frente a lo extranjero» (RAE, Diccionario de la lengua española). Fíjate en la palabra clave: desmesurada. No habla de querer a tu país, tu ciudad o tu equipo, sino de llevarlo hasta un punto que ya no admite matices.
Desde la psicología social, el chovinismo se entiende como una forma extrema de favoritismo hacia el propio grupo. No hace falta hablar de naciones enteras: puede darse entre barrios, empresas, universidades o incluso familias. Lo que define a una persona chovinista no es el orgullo en sí, sino la necesidad de sostener ese orgullo despreciando a quien queda fuera.
La RAE señala además algo curioso que quizá no sabías: aunque durante años se usó más «chauvinismo», la forma recomendada hoy en español es chovinismo, porque refleja mejor cómo lo pronunciamos habitualmente (RAE, Diccionario panhispánico de dudas).
De dónde viene la palabra: la leyenda del soldado que no dudaba de nada
El origen del término es casi una microhistoria en sí mismo. Se remonta a Nicolas Chauvin, un soldado francés semilegendario que, según las crónicas de la época, sirvió con una devoción tan ciega hacia su país y su emperador que acabó convertido en personaje de comedia popular (El Castellano, Etimología de chovinismo).
Nadie discutía su lealtad ni su valentía; lo que se ridiculizaba era su incapacidad para ver más allá. Para Chauvin, todo lo propio era, por definición, mejor que cualquier alternativa. Su nombre acabó pasando al lenguaje común para describir precisamente eso: una fidelidad tan cerrada que ya no razona, solo repite.
Cómo reconocer una actitud chovinista en el día a día
No hace falta un discurso político para identificarlo. El chovinismo se cuela en conversaciones cotidianas, en comentarios que a veces hasta suenan graciosos, y en decisiones que tomamos casi sin pensar. Estos son algunos rasgos que suelen repetirse:
- Comparar constantemente «lo de aquí» con «lo de fuera» y que la balanza caiga siempre del mismo lado, pase lo que pase.
- Restar mérito a los logros ajenos o explicarlos como excepciones, mientras los propios se celebran como norma.
- Rechazar información que contradiga la superioridad del propio grupo, por bien documentada que esté.
- Sentir como una ofensa personal cualquier crítica hacia el grupo con el que te identificas.
- Usar el humor o la ironía para descalificar costumbres ajenas sin conocerlas realmente.
¿Te suena alguno de estos comportamientos en alguien cercano, o incluso en ti misma o en ti mismo en algún momento? No pasa nada por reconocerlo. Forma parte de un mecanismo psicológico mucho más común de lo que parece, y nombrarlo es el primer paso para gestionarlo.
El chovinismo no es solo cosa de países
Aunque el término nació ligado a las naciones, el mecanismo psicológico que hay detrás no entiende de fronteras. Aparece en cualquier contexto donde exista un «nosotros» y un «ellos» con el que compararse.
Piensa en la rivalidad deportiva que va mucho más allá de disfrutar de un partido, en la persona que repite «en mi empresa siempre se ha hecho mejor que en cualquier otra» sin haber trabajado nunca en otra, o en quien da por hecho que su generación entendió la vida mejor que la anterior y que la siguiente.
En todos estos ejemplos se repite el mismo patrón que define el chovinismo: la pertenencia se convierte en superioridad, y la superioridad, en desprecio hacia quien queda fuera del grupo.
Chovinismo, patriotismo, etnocentrismo y xenofobia: no son lo mismo
Estos cuatro términos se mezclan tanto en las conversaciones cotidianas que merece la pena separarlos, porque no significan lo mismo ni tienen las mismas consecuencias.
El patriotismo es un vínculo afectivo con tu lugar de origen que no necesita comparar ni menospreciar para sostenerse. El etnocentrismo es la dificultad para comprender realidades culturales distintas a la propia, más relacionada con la incomodidad ante lo diferente que con el desprecio activo. La xenofobia, por su parte, es directamente rechazo o miedo hacia las personas extranjeras.
El chovinismo va un paso más allá de los tres: no se limita a sentir orgullo ni a incomodarse con lo distinto, sino que construye una jerarquía. Necesita que el propio grupo esté arriba y el resto, por definición, abajo (Economipedia, definición de chovinismo).
En la práctica, estos fenómenos suelen solaparse y retroalimentarse, aunque cada uno responda a un mecanismo psicológico distinto y merezca su propio nombre.
Por qué aparece: la necesidad de pertenencia detrás del chovinismo
Aquí es donde la psicología social tiene bastante que aportar. En los años setenta, el psicólogo Henri Tajfel demostró algo que se sigue citando hoy: basta con dividir a un grupo de personas de forma completamente arbitraria para que empiecen a favorecer a quienes quedaron en «su» grupo, incluso sin ningún motivo real de por medio (Psicología y Mente, Teoría de la Identidad Social).
A ese fenómeno se le llama favoritismo endogrupal, y es una de las bases sobre las que se sostiene el chovinismo. Tu autoestima y tu sentido de identidad están, en parte, ligados a los grupos a los que perteneces. Cuanto más se idealiza ese grupo, más protegida se siente la identidad propia.
El problema es que esta necesidad de pertenencia rara vez se apoya en datos objetivos. La sensación de superioridad del propio grupo no suele basarse en una comparación real, sino en el simple hecho de haber nacido o crecido dentro de él. Es un atajo mental, no una conclusión razonada.
A esto se suma un proceso muy estudiado en cognición social: la tendencia a aceptar solo la información que confirma lo que ya creemos y a descartar la que lo pone en duda, conocida como sesgo de confirmación. En una actitud chovinista, este filtro funciona casi de forma automática, reforzando una y otra vez la misma narrativa (Mentes Abiertas Psicología).
El miedo y la inseguridad personal también juegan su papel. Cuando alguien atraviesa una etapa de incertidumbre, aferrarse con fuerza a una identidad grupal «superior» puede funcionar como una forma de sentirse a salvo, aunque sea a costa de cerrarse a todo lo demás.
Qué efectos tiene el chovinismo en tus relaciones y en tu bienestar
Más allá del debate ideológico, el chovinismo tiene un coste emocional muy concreto en el terreno personal. Convivir con esta actitud, ya sea en pareja, en la familia o en el trabajo, suele generar un desgaste que no siempre se pone en palabras.
La rigidez de pensamiento que acompaña al chovinismo dificulta la conversación real. Cuando alguien necesita que su grupo tenga siempre la razón, cualquier matiz se vive como una amenaza, y eso se parece mucho a la inflexibilidad social que termina bloqueando muchas relaciones cercanas.
También puede dar lugar a una forma sutil de violencia simbólica, en la que se normaliza mirar por encima del hombro a quien no comparte el mismo origen o las mismas costumbres, aunque no exista un conflicto abierto.
Si detrás de esa actitud hay inseguridad o miedo, es probable que también haya heridas emocionales sin resolver que se disfrazan de orgullo. No siempre es fácil verlo desde fuera, y casi nunca lo es verlo desde dentro.
Qué puedes hacer si tienes cerca una actitud chovinista
No puedes cambiar la forma de pensar de otra persona, pero sí puedes decidir cómo te relacionas con esa actitud cuando aparece cerca de ti.
Lo primero es no entrar en la discusión desde el mismo lugar: responder con otra generalización solo alimenta la dinámica de «nosotros contra ellos». Preguntar con curiosidad genuina, como un «¿en qué te basas para pensar eso?», suele abrir más puertas que confrontar de frente.
Lo segundo es cuidar tu propio espacio emocional. Si una relación cercana está marcada por comentarios despectivos constantes hacia lo que tú valoras o hacia tu origen, tienes derecho a establecer límites claros, sin necesidad de convencer a nadie de nada.
Y lo tercero, quizá lo más importante, es practicar tú misma o tú mismo el pensamiento flexible. Cuestionar tus propias certezas sobre «lo mío es mejor» resulta incómodo, pero es el antídoto más eficaz que existe contra el chovinismo, empiece donde empiece.
Reconocer estas dinámicas en alguien cercano, o incluso en ti, no te convierte en nada malo: te da la oportunidad de elegir cómo quieres relacionarte a partir de ahora. Si notas que estas actitudes te están pasando factura en una relación importante, hablarlo con acompañamiento profesional puede darte herramientas concretas para poner límites sin perder la calma ni la relación.
Jessica Davó García — Psicóloga Sanitaria Colegiada CV-16748.
Especialista en psicología infantil, TDAH, autismo, síndromes del neurodesarrollo y sueño pediátrico.
Sesiones online desde Alicante para toda España.
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Preguntas frecuentes sobre el chovinismo
¿El chovinismo es lo mismo que el nacionalismo?
No exactamente. El nacionalismo es un movimiento o sentimiento de identificación con una nación que puede tener muchas formas, mientras que el chovinismo es la exaltación desmesurada de lo propio unida al desprecio de lo ajeno (RAE). Puede haber nacionalismo sin actitud chovinista, y chovinismo fuera del ámbito nacional, como en el deporte o el trabajo.
¿Se puede ser patriota sin caer en el chovinismo?
Sí, y es lo más habitual. El patriotismo es un vínculo afectivo con tu lugar de origen que no necesita compararse con nadie para sostenerse. El chovinismo aparece cuando ese cariño se convierte en la necesidad de demostrar que lo propio es superior y lo ajeno, inferior.
¿Por qué algunas personas necesitan sentir que su grupo es superior?
La psicología social lo relaciona con la necesidad de pertenencia y con la autoestima ligada a la identidad grupal. Según la Teoría de la Identidad Social de Tajfel, favorecer al propio grupo frente a otros ayuda a sostener una imagen positiva de una misma o de uno mismo, aunque no exista un motivo objetivo real detrás.
¿El chovinismo se considera un trastorno psicológico?
No, el chovinismo no es un diagnóstico clínico. Se trata de una actitud y un patrón de pensamiento grupal estudiado por la psicología social y la sociología, no de un trastorno mental. Eso no significa que sea inofensivo: puede generar conflictos y desgaste importante en las relaciones cercanas.
¿Cómo saber si tengo una actitud chovinista sin darme cuenta?
Una buena señal de alarma es notar si rechazas de forma automática cualquier información que cuestione la superioridad de tu grupo, o si te cuesta reconocer méritos ajenos. Esa rigidez de pensamiento tiene mucho en común con la inflexibilidad social y suele pasar más desapercibida de lo que crees.
¿Qué hago si mi pareja o mi familia tiene actitudes chovinistas?
No puedes cambiar sus creencias, pero sí puedes cuidar cómo te afecta. Evita entrar en la misma dinámica de «nosotros contra ellos», pregunta con curiosidad en lugar de confrontar, y recuerda que tienes derecho a establecer límites claros si los comentarios despectivos se vuelven habituales.









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