Conocimiento Tácito: ¿Qué es? Parte 1

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Jessica Davó García

Te ha pasado alguna vez: alguien te pregunta cómo sabes que algo va a salir mal antes de que pase, cómo reconoces la cara de un amigo entre cientos de personas sin pensarlo, o simplemente cómo montas en bici sin caerte. Y te quedas en blanco.

Lo sabes hacer. Lo sabes sentir. Pero no encuentras las palabras exactas para explicarlo, por más que lo intentes.

Jessica Davo García

Jessica Davo García

Psicóloga Sanitaria Especialista en Infantil y Neurodesarrollo.

Esa sensación tan concreta tiene nombre en psicología y en teoría del conocimiento: conocimiento tácito. No te falta vocabulario ni dominas mal el tema. Lo que ocurre es que una parte enorme de lo que sabes nunca pasó por el lenguaje.

En este artículo te cuento qué es el conocimiento tácito, de dónde viene el concepto y por qué te cuesta tanto ponerlo en palabras aunque lo domines a la perfección.

¿Qué es el conocimiento tácito?

El conocimiento tácito es todo ese saber que llevas contigo pero que no puedes explicar del todo con palabras. Vive en tu cuerpo, en tu memoria y en tu experiencia acumulada, no en un manual.

No es que lo tengas escondido a propósito. Simplemente nunca lo aprendiste como una lista de pasos, sino haciéndolo, equivocándote y corrigiendo una y otra vez hasta que se volvió automático.

Por eso te resulta tan fácil hacerlo y tan difícil enseñarlo. Puedes ejecutar una tarea con precisión y quedarte sin palabras cuando alguien te pide que la describas paso a paso.

Michael Polanyi: quien le puso nombre a lo que no se puede decir

El concepto de conocimiento tácito no nació en un despacho de recursos humanos ni en un manual de empresa. Lo acuñó el filósofo y científico Michael Polanyi, una figura curiosa: empezó su carrera como químico y terminó dedicando la segunda mitad de su vida a la filosofía del conocimiento.

En 1966 publicó The Tacit Dimension (La dimensión tácita), un libro breve pero denso que recoge las conferencias que había impartido cuatro años antes en la Universidad de Yale. En él formuló una idea que sigue citándose hoy en psicología, filosofía y gestión del conocimiento.

Su frase más conocida lo resume todo: «sabemos más de lo que podemos decir». Con ella, Polanyi señalaba que buena parte de lo que entendemos sobre una tarea, sobre una situación o sobre una persona se queda fuera del lenguaje, aunque lo uses a diario para explicarte.

Esta idea no se quedó en la filosofía. Décadas después, Ikujiro Nonaka y Hirotaka Takeuchi la llevaron al terreno de las organizaciones y propusieron un modelo concreto para gestionar este tipo de saber dentro de los equipos de trabajo. Si te interesa esa parte más práctica, la desarrollamos en el artículo sobre cómo se comparte el conocimiento tácito en equipos.

Conocimiento tácito vs conocimiento explícito: la diferencia que de verdad importa

El conocimiento explícito es el que puedes escribir, grabar o explicar en una frase: una receta, un manual de instrucciones, una fórmula. Cualquiera puede leerlo y, en teoría, replicar lo que dice.

El conocimiento tácito funciona distinto. No vive en un documento, vive en ti. Lo demuestras haciendo, no describiendo, y por eso se resiste a convertirse en texto por completo.

La diferencia no es de nivel, como si uno fuera más avanzado que el otro. Son dos formas distintas de saber que casi siempre van juntas: aprendes la teoría, que es explícita, y luego, con la práctica, desarrollas el saber hacer que ninguna teoría te enseña del todo.

Piensa en aprender a conducir. El código de circulación es conocimiento explícito, lo memorizas para un examen. Pero calcular la distancia exacta para adelantar, sentir cuándo el coche va a patinar o anticipar qué va a hacer otro conductor, eso solo lo consigues conduciendo.

Por qué te cuesta tanto explicar lo que sabes hacer

Aquí está la parte más interesante de la teoría de Polanyi. Según él, cuando haces algo bien, tu atención no está puesta en cada detalle por separado, sino en el resultado global.

Cuando reconoces la cara de alguien, no vas sumando «cejas más nariz más forma de la boca» de forma consciente. Tu mente procesa todos esos detalles a la vez, sin que tú los notes uno a uno. Polanyi llamaba a esto atención «subsidiaria»: conoces las partes, pero solo a través del conjunto.

El lenguaje, en cambio, funciona de una en una: una palabra detrás de otra, una idea detrás de otra. Por eso, cuando intentas traducir a palabras algo que hiciste de forma global y simultánea, se te escapan matices. No es que lo hayas olvidado, es que nunca estuvo guardado en forma de palabras.

Esto explica algo que quizá ya sospechabas: cuanto más experta te vuelves en algo, más automático se vuelve, y más difícil resulta explicarlo desde cero a alguien que empieza.

Conocimiento tácito no es «sexto sentido»

Es fácil confundir el conocimiento tácito con algo místico, una especie de sexto sentido que unas personas tienen y otras no. No es eso.

El conocimiento tácito se construye, igual que el explícito, a base de horas de práctica, errores corregidos y exposición repetida a una misma situación. Un cirujano no «intuye» dónde cortar por inspiración: lo sabe porque ha operado cientos de veces.

La diferencia está en que ese aprendizaje no quedó registrado en forma de reglas verbales, sino en la experiencia directa del cuerpo y de la mente. Por eso parece intuición, pero detrás hay siempre repetición y experiencia real.

Entender esto importa porque cambia cómo valoras tu propio conocimiento tácito. No es un don inexplicable que tienes o no tienes. Es el resultado, muchas veces invisible, de todo lo que ya has vivido.

Ejemplos cotidianos de conocimiento tácito que seguro reconoces

El propio Polanyi usaba ejemplos sencillos para explicar su teoría, y siguen siendo los más claros hoy:

  • Montar en bici: sabes mantener el equilibrio, pero si tuvieras que explicarle a alguien exactamente qué hace tu cuerpo en cada segundo, no sabrías por dónde empezar.
  • Reconocer una cara: identificas a un familiar entre una multitud en una décima de segundo, sin poder listar qué rasgos concretos usaste para lograrlo.
  • La intuición de quien lleva años en su profesión: una psicóloga con experiencia percibe que algo no encaja en una sesión antes de poder justificar por qué. Un mecánico escucha un motor y sabe qué falla sin mirar el manual.
  • Cocinar sin receta: sabes cuándo un guiso «está en su punto» por el olor y la textura, algo que ninguna cantidad exacta en gramos consigue transmitir del todo.

En todos estos casos ocurre lo mismo: hay un saber real, verificable en el resultado, que se resiste a convertirse en instrucciones completas.

El conocimiento tácito también vive en tus emociones y tus relaciones

Esta parte no suele aparecer en los libros de gestión empresarial, pero es igual de real. Muchos de tus patrones emocionales funcionan como conocimiento tácito: los aprendiste sin darte cuenta y los aplicas sin pensarlo.

Por ejemplo, esa sensación de incomodidad que sientes ante ciertas personas, sin saber explicar por qué, mucho antes de tener claro que necesitas establecer límites con esa persona. Percibes algo antes de poder nombrarlo.

Muchos de esos patrones vienen de lejos. Cómo reaccionas ante un conflicto, a quién te acercas o de quién te alejas sin motivo aparente, tiene mucho que ver con cómo te han afectado ciertas heridas emocionales del pasado, aunque nunca las hayas puesto en palabras.

Saber que esto existe ya es un paso. No puedes cambiar lo que no reconoces, y buena parte de tu conocimiento tácito emocional solo se hace visible cuando alguien te ayuda a mirarlo de frente.

¿Se puede hacer consciente el conocimiento tácito?

En parte sí, aunque nunca del todo. Polanyi ya lo advertía: no puedes convertir todo tu conocimiento tácito en explícito porque perdería precisamente lo que lo hace útil, esa capacidad de responder a la totalidad de una situación de golpe.

Lo que sí puedes hacer es acercarte a él. Pararte a observar cómo actúas, qué notas justo antes de tomar una decisión, qué sientes en el cuerpo cuando algo «no encaja». Ese ejercicio de atención es el primer paso para ponerle palabras, aunque sean aproximadas.

En terapia, este trabajo tiene mucho recorrido. Existen herramientas concretas para el trabajo emocional que ayudan a traducir en palabras esas intuiciones y reacciones automáticas que llevas años repitiendo sin cuestionarlas.

Y si lo que te interesa es la versión aplicada a equipos y organizaciones, cómo una empresa consigue capturar y compartir el saber hacer de sus empleados más experimentados, ese es exactamente el tema que desarrollamos en la segunda parte de este artículo.

Si te has reconocido en algo de lo que acabas de leer, no es casualidad. Todos cargamos con más saber del que creemos, aunque no sepamos ponerle nombre. Aprender a mirar ese conocimiento tácito, incluido el que vive en tus emociones y tus vínculos, es también aprender a entenderte mejor.

Si notas que hay patrones que se repiten en tu vida y no consigues explicarlos ni cambiarlos por más que lo intentas, no tienes que resolverlo sola. Ayúdame a ponerles palabras y a trabajarlos desde la raíz, en terapia.

✍️ Sobre la autora
Jessica Davó García — Psicóloga Sanitaria Colegiada CV-16748.
Especialista en psicología infantil, TDAH, autismo, síndromes del neurodesarrollo y sueño pediátrico.
Sesiones online desde Alicante para toda España.
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Preguntas frecuentes sobre el conocimiento tácito

¿Qué es el conocimiento tácito en pocas palabras?

Es el saber que dominas pero no puedes explicar del todo con palabras, como montar en bici o reconocer una cara. Lo tienes interiorizado a través de la práctica y la experiencia, no de una explicación paso a paso, por eso resulta tan difícil transmitirlo tal cual.

¿Quién acuñó el término conocimiento tácito?

El filósofo y científico Michael Polanyi, en su libro The Tacit Dimension (La dimensión tácita), publicado en 1966. Su frase «sabemos más de lo que podemos decir» sigue siendo la definición más citada del concepto hoy en día.

¿Cuál es la diferencia entre conocimiento tácito y explícito?

El conocimiento explícito se puede escribir, documentar y transmitir con palabras exactas, como un manual. El tácito vive en tu experiencia personal y se demuestra haciendo, no describiendo, así que se resiste a convertirse por completo en texto.

¿Se puede enseñar el conocimiento tácito?

De forma directa, no del todo. Se transmite mejor observando, practicando junto a alguien con experiencia y repitiendo la tarea, más que leyendo una explicación. Por eso la mentoría y el acompañamiento funcionan mejor que un manual para este tipo de saber.

¿Qué ejemplos de conocimiento tácito hay en el día a día?

Montar en bici, reconocer una cara entre la multitud, cocinar «a ojo» o la intuición de un profesional con años de experiencia son ejemplos claros. En todos los casos sabes hacerlo, pero te cuesta describir exactamente cómo lo consigues.

¿Cómo se gestiona el conocimiento tácito dentro de una empresa o un equipo?

Existe un modelo específico, desarrollado por Nonaka y Takeuchi, pensado para capturar y compartir este saber entre las personas de un equipo. Te lo explicamos con detalle en la segunda parte de este artículo sobre conocimiento tácito.

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Jessica Davó García

Graduada en Educación Infantil por
la Universidad Católica, San Antonio de Murcia (UCAM), graduada en Psicología por la Universidad Miguel Hernández de Elche (UMH), especializada en Trastornos
del Espectro Autista y Atención Temprana.

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